Canto al más grande Amor… Canto 4: La mujer que nunca Olvida.

ABRAZO_MADRE_E_HIJAHe aquí que me he levantado de repente, otra vez está aquel vacío en mi mente… ¡Oh Clemente! ¡Oh Tortuoso! Que me lleva hacia el pasado, a todo cuanto fue dejado… ahí donde mis lágrimas traicioneras surcan por mis frías mejillas, todo al recordarla…

¿No era acaso feliz a su lado?…

Hay veces que aun siento sus besos en mi frente, sus elogios en mis oídos y su latir en mi pecho…

¿Injusto fui?… —-Todo comienzo es hermoso, la emoción de lo nuevo nos impulsa a saborear del segundo, de enamorarse de sus detalles, de aprender de su enserio y comprender de sus manías, esas graciosas, esas molestas; pero… esas que llenaban mi vida y que ahora… me hacen falta.

Empero, a pesar de todo, yo estaba a su lado, ella era mi atalaya en esos momentos de ilusión y desconcierto, en aquella etapa en las que las decepciones se cultivan esporádicamente como la maleza… no obstante, ella lloraba junto a mi y en medio de ese río, refrescaba mi alma para poder así, continuar.

 

¿!Y es que como pude subestimar su grata sabiduría!? ¡Caro! En esos tiempos, uno cree ser más que el Maestro, piensa en las probabilidades y en que el destino siempre apremia por las migajas que uno le da. Pero el tiempo vuela, tanto que da temor, y así me fui convenciendo de que no necesitaba de tantos mimos, que ya había recibido lo suficiente… en fin, que era un hombre fuerte, capaz de las más grandes hazañas, tal como me lo dijiste.

 Pero…¿Hasta cuándo uno decide que es suficiente amor el que recibe?. – No mintamos… ahora yo veo mi error.  

Bueno, sigo recordando… amores vienen, amores van y esto es similar a las semillitas, que entre la brisa, ven un lugar y deciden germinar, ellas se establecen y crecen… y eso es todo, más ellas, jamás imaginan que el viaje está por comenzar, que unos días vendrá mucho sol y en otros vendrá mucha lluvia…O incluso unas veces estará presente la mano cruel de los inconscientes.

 En fin… me veo aquí… en esas negras vivencias, en ese polar invierno que debilita mi corazón.

 ¡Cuánto te extraño mujer! Qué no daría por oír tus consejos que demasiado me disgustaban, pero que desbordantes de razón estaban… por sentir tus manos sobando mi espalda y tu cabello, rozar mi cuello.

Dicen… que la distancia es el olvido, pero aseguro que el olvido es neto del orgullo; pues, hoy que estoy solo, mis goteras visuales  inundan mi casa, esa que es solo pared, no hogar, porque yo no estoy contigo. —¡Como adoro tus ocurrencias! Siempre inventabas alguna cosa que no hacía, como también, intuías lo que mi mete llevaba pensando hace días.

Fuerzas no me quedan mujer, ni ojos intrépidos para verte… tu eres maravilla, eres grandeza.

Tú haces de mí, un triunfador y yo hado de ti, una Maestra, aquella que siempre será guía, aquella que siempre estará adelante.

 

Y hoy lo noto… hoy lo siento… yo, te amo mujer y te debo mucho, te adoro y eres parte de mi vida… eres como esa sangre que corre por mis venas, esa que me da la energía, que me da voluntad.

Eres ese bálsamo para cada herida, eres ese manto para cada vergüenza… el detalle que hace especial a las tediosas horas, esas aquellas donde reinaba el misterio de tus miradas.

Sin embargo… es algo inexplicable, casi abstracto e ilimitado lo que siento por ti, mujer… no se puede decir con las palabras ni aún con gestos… esto es de alma a alma, de sublime a sublime.

 

No obstante…. Sigo memorizándote y es a tu figura que poco a poco me adormito, con ese encanto sereno, pasivo y melancólico. Mis ojos se cierran, así como mis ideas, se apagan… empero…. Algo pasa…. Antes de irme con mis pensamientos, como arte de magia, suena el teléfono.

Casi moribundo contesto… era la dulce voz, tal como adivina, la que lento se asomaba por el artefacto…«¡No puede ser! »—Dije para mí.

Era señora fémina… esa preocupada y matriarcal, esa que me ama sin medida en mis afectos y decadencias.

—¿Cómo estás?. Dijo ella, continuando.­—Solo quería saludarte, hoy te he recordado.

Culmino ella, cuál modesta; pues, su alma es tan grande que siempre hay espacio y tiempo para mí.

Dime amigo… ¿¡Cómo no alegrarme!? Mi ira, orgullo y egoísmo se disipaban de mi sentir solo con oía… era notable que su cariño es arduo, tanto que fingía con el afán de simpatizarle, de gustarle a aquel adulto que anhelaba volver a ser niño y perderse en sus brazos.

—Bueno… estoy bien. Le respondí. (Instante de silencio) —yo también te recordé y solo quería saludarte, así como lo hace el sol con la Tierra, como lo hacen las olas con la arena, tal como lo hace… un simple hijo arrepentido con su leal y divina madre.

Imposible era sostener mi equilibrada voz, más ella no contestó.

…Admito que fueron momentos de dolor y remordimiento, estos que se ramificaban y crecían con las muchas remembranzas…

Empero, hoy fue diferente, hoy pareció que Dios me oyó.

 

El timbre, de repente sonó… y a pesar de la estela de esa mujer seguía en el teléfono, me arme de valor para abrir el portón. 

Gran sorpresa me lleve… ella, como omnipotente, está en teléfono y también  a mi frente. Ella sonrió. —Una madre… «Dijo aquella» es una mujer que nunca olvida. 

Y ella me abrazó fuerte, como sí no hubiese mundo, como que no hubiese limitaciones. –¿Y las hay?… no, para el amor, no.  

—Te amo, madre. «Culmine yo» diré, corrección, empecé… porque este es un nuevo comienzo.  

………………………………….

 Por ello te digo, niño joven, señor maduro y adulto, que las mujeres son tesoros pero ninguno es tan brillante, especial y místico, como lo es una madre, ella, que daría hasta su vida por nosotros….

 ….Valórala, amala y respétala.

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